sábado, 10 de octubre de 2020

MARCO AURELIO

 

MARCO AURELIO

Una de las máximas figuras del estoicismo fue el mismísimo emperador Marco Aurelio, autor de Meditaciones, un breve tratado destinado a cumplir un fin muy concreto: enseñarnos a vivir bien.

«Al despuntar la aurora, hazte estas consideraciones previas: me encontraré con un indiscreto, un ingrato, un insolente, un mentiroso, un envidioso, un insociable. Todo eso les acontece por ignorancia de los bienes y de los males. Pero yo, que he observado que la naturaleza del bien es lo bello, y que la del mal es lo vergonzoso, y que la naturaleza del pecador mismo es pariente de la mía, porque participa, no de la misma sangre o de la misma semilla, sino de la inteligencia y de una porción de la divinidad, no puedo recibir daño de ninguno de ellos, pues ninguno me cubrirá de vergüenza; ni puedo enfadarme con mi pariente ni odiarle. Pues hemos nacido para colaborar, al igual que los pies, las manos, los párpados, las hileras de dientes, superiores e inferiores. Obrar, pues, como adversarios los unos de los otros es contrario a la naturaleza. Y es actuar como adversario el hecho de manifestar indignación y repulsa».

 

 

Meditaciones, Marco Aurelio

Dentro del mundo de la filosofía, existen libros de una mayor o menor utilidad práctica. Algunos tienen un lenguaje claro y ofrecen enseñanzas simples, concisas, que pueden mejorar nuestra vida si logramos asimilarlas correctamente. Meditaciones, del emperador romano Marco Aurelio, es uno de esos libros. Esta obra, que el emperador escribió para sí mismo como manera de recordar y tener a mano los principios de la filosofía que adoptó, el estoicismo, es uno de los mejores manuales de ética que nos ha dado la historia.

 

En él, Marco Aurelio nos explica, mediante párrafos cortos y un lenguaje muy cercano, cuáles son sus principios y las ideas que guiaron su vida, cuyo resultado no fue otro que pasar a la historia como uno de los mejores gobernantes que han existido. Es, por tanto, un libro de más que recomendable lectura, especialmente para aquellos que comienzan a acercarse al estudio de la filosofía o a aquellos que, por la razón que sea, están atravesando un momento difícil en su vida. Y es que si por algo se ha hecho famosa la filosofía estoica es por la tranquilidad de espíritu que ofrece. No es casualidad que cuando decimos que alguien se toma las cosas «con filosofía», por lo general nos referimos a las ideas de los filósofos de la Stoa (Zenon, Cleantes, Crisipo, Posidonio, Séneca, Epicteto, etc.).

 

Meditaciones, que el emperador Marco Aurelio escribió para sí mismo, es uno de los mejores manuales de ética que nos ha dado la historia

El lector atento podrá encontrar en esta obra, además, ideas presentes en otros movimientos filosóficos de enorme influencia —como el taoísmo o el budismo orientales o el pensamiento de Heráclito y los cínicos—, así como un sinnúmero de consejos prácticos aplicables a su propia vida. Y es que algunos conceptos del estoicismo siguen tan vigentes hoy como la primera vez que fueron expuestos hace ya miles de años.

 

Determinismo

Meditaciones, de Marco Aurelio.

Para Marco Aurelio, como para el resto de los estoicos, hay un elemento fundamental que define todos los demás aspectos de su filosofía: el determinismo. El ser humano no es libre, sino que la vida de cada uno está perfectamente prefijada por su destino. No importa aquello que hagamos, ni aquello que vivamos o las elecciones que tomemos: todo está ya escrito de antemano. No solo eso, sino que es así para bien. Es la naturaleza humana, en perfecta sintonía con la voluntad divina, la que establece cuál será el curso de nuestra vida.

Puesto que esta está determinada, lo único que hemos de hacer nosotros es actuar conforme a nuestra naturaleza, es decir, respetando nuestro destino. No existe alternativa, y si la perfecta inteligencia de la naturaleza nos lo ha impuesto es porque así es como ha de ser.

 

La filosofía de la tranquilidad

Es de ese modo que los estoicos logran la gran característica que los ha hecho famosos: la ataraxia. La imperturbabilidad de ánimo. Al aceptar las cosas que suceden como parte de su destino, los estoicos dejaron de lado las preocupaciones, las frustraciones y, en general, cualquier emoción. Vivían por y para la razón, elemento definitorio de la naturaleza humana.

De esta manera, este —corto en extensión, pero grande en contenido— libro, se convierte en un soberbio manual de ética estoica, plagado de consejos prácticos. A través de sus páginas, el emperador —y quizá por su título llame aún más la atención de su mensaje— nos invita a vivir frugalmente, alejándonos de los placeres y pasiones animales, y a centrar nuestra existencia en vivir conforme a la naturaleza racional del hombre.

 

Los estoicos vivían por y para la razón, elemento definitorio de la naturaleza humana

 

Especifican estas Meditaciones que el ser humano sabio y virtuoso ha de alejarse tanto de los recuerdos del pasado como de las expectativas del futuro, por la sencilla razón de que ambos no existen. El pasado ya no es, el futuro no ha llegado. Por tanto, es inútil gastar nuestra energía pensando en ellos. Toda nuestra atención ha de estar en el presente, único tiempo en que tenemos poder. Además, este es el único modo de proceder acorde a la lógica: no hemos de preocuparnos por el futuro porque está predeterminado y, aunque quisiéramos, no podríamos cambiarlo. Debemos abandonarnos a lo que sea que ocurra sin preocuparnos. No solo porque sea lo mejor y necesario, sino porque, cuando llegue el momento, lo abordaremos con la misma entereza y buen juicio que tengamos hoy.

 

La vida es, por tanto, realmente brevísima. Puesto que no poseemos más que el ahora, el instante presente, no hemos de perderlo en fantasías o esperanzas. Todo en la vida estoica —acto, palabra o pensamiento— va encaminado a un fin, que no es otro que el perfeccionamiento personal. De este modo, Meditaciones nos persuade de no vivir tratando de adivinar las consecuencias de nuestros actos. No hemos de buscar fines concretos. Hemos de actuar bien, buscando la máxima virtud posible… y será lo que tenga que ser. No son de nuestra incumbencia las consecuencias de nuestros actos, sino de los dioses que han trazado el plan.

 

Esta visión, la de comportarnos como actores en una obra escrita por otro, puede parecer profundamente deprimente para algunos —¡qué clase de vida es una que carezca de emociones!—, pero se revela exactamente como el estoico la defiende: libre de dolor. Una existencia profundamente en paz, sin frustraciones ni preocupaciones. Una docilidad espiritual que sustituye todo eso que altera la calidad de nuestra vida por una profunda calma. Marco Aurelio lo explica así:

 

«Cuando busquemos un modelo de vida, fijémonos en una piedra de la playa. Es batida continuamente por las olas, pero ella permanece inmóvil y tranquila, y al final, en torno a ella se calman las aguas».

 

El pasado ya no es, el futuro no ha llegado. Toda nuestra atención ha de estar en el presente. Además, el futuro está escrito y, aunque quisiéramos, no podríamos cambiarlo

 

Indiferencia ante la muerte

Incluso ante el trance de la muerte nos convence Marco Aurelio de mantener nuestro ánimo reposado y en paz. La muerte, lo mismo que la vida y los sucesos que en ella experimentamos, escapan por completo a nuestro control. ¿Por qué preocuparnos entonces? La misma llegará cuando deba hacerlo, sea mañana o dentro de cincuenta años. No importa.

 

El sabio reconoce que no es más que una minúscula pieza dentro del gigantesco tablero de juego del universo. Sabe que, por mucha fama, riqueza o poder que tenga, pasará al olvido como los millones de seres que vivieron antes que él. Consciente del minúsculo papel que tiene dentro del plan global elaborado por los dioses, se limita a vivir su vida mejorándose y aceptando lo que le toca vivir. Y cuando esta termina, la entrega del mismo modo que la vivió: en paz.

 

Simplifícate

Meditaciones, de Marco Aurelio, en edición de Cátedra.

Podemos observar, por todo lo anterior, que en el libro Marco Aurelio hace una encendida apuesta por simplificar nuestra existencia. Fuera preocupaciones, objetivos y dolores. No nos harán vivir mejor y, además, no se adecuan a nuestra naturaleza humana. Huyamos de los placeres, de los apegos y de las opiniones de quienes nos rodean. No importan. Todo está trazado ya, incluso para aquellos que no lo creen.

 

¿Perder el tiempo discutiendo? ¿Para qué? Si alguien tiene voluntad de oírte, podrás persuadirlo tranquilamente; si no, aléjate. Tu vida es muy breve, aprovéchala siendo un hombre de bien.

 

¿Buscas descanso? No viajes o te refugies en la soledad de la naturaleza. No lo necesitas, porque existe un lugar donde están todas las respuestas y la paz que anhelas: tu interior. Esto es así porque tienes en ti mismo la razón, la cualidad divina que te conecta con el universo. Olvida lo externo, no es importante. Lo externo no lo puedes controlar, no depende de tu voluntad. Lo único que de verdad importa es aquello que nadie te puede quitar: tu mente. Domínala y ella dominará tus acciones, instándote a vivir racionalmente, único objetivo del ser humano. Todo lo demás te será dado por añadidura.

Lo único que importa es aquello que nadie puede quitarte: tu mente

El buen vivir

De este modo vivir bien es realmente muy fácil. Y precisamente en esa sencillez está la paz espiritual. No es extraño que el estoicismo encontrara su hueco en los periodos convulsos de nuestra historia. Muchos han sido los hombres, filósofos o no, que han tomado los principios de la ética estoica como guía. Frente a otras escuelas filosóficas que nos cargan con la responsabilidad de nuestra vida, poniendo sobre nuestras espaldas el peso de todo aquello que nos acontece, el estoicismo nos ofrece una alternativa liberadora.

 

¿Filosofía para débiles que quieren escurrir el bulto? Tal vez…, si es que podemos considerar débiles a quienes, como Marco Aurelio o Epicteto, fueron capaces de alcanzar el máximo dominio de sí mismos, lo cual, por cierto, es algo muy parecido a ser verdaderamente libre.

 

13 citas para la felicidad y la tranquilidad

«Acuérdate de esto siempre: para vivir felizmente basta con muy poco».

«El verdadero modo de vengarse de un enemigo es no parecérsele».

«Es ridículo no intentar evitar tu propia maldad, lo cual es posible, y en cambio intentar evitar la de los demás, lo cual es imposible».

«La vida de un hombre es lo que sus pensamientos hacen de ella».

«No desprecies la muerte, acéptala de buen grado, porque forma parte de lo establecido».

«No lo hagas si no conviene. No lo digas si no es verdad».

«Recuerdo a los hombres famosos del pasado: Alejandro, Pompeyo, Julio César, Sócrates y tantos otros; y me pregunto: ¿dónde están? ¡Cuánto han luchado, para luego morir y volverse tierra!».

«Pronto me llegará la orden: te has embarcado; has navegado; has llegado; desembarca…».

«En ninguna parte puede hallar el hombre un retiro tan apacible y tranquilo como en la intimidad de su alma».

«Todo lo que escuchamos es una opinión, no un hecho. Todo lo que vemos es una perspectiva, no es la verdad».

«Vive una buena vida. Si hay dioses y son justos, te darán la bienvenida en base a las virtudes por las que has vivido. Si no hay dioses, habrás vivido una vida noble que perdurará en la memoria de tus seres queridos. Y si hay dioses, pero son injustos, entonces no debes querer adorarlos».

«Tú tienes poder sobre tu mente, no sobre los acontecimientos. Date cuenta de esto y encontrarás la fuerza».

«No vivas como si fueras a vivir diez mil años. Tu destino pende de un hilo. Mientras estés vivo, hazte bueno».

viernes, 9 de octubre de 2020

ARMA KUYAY

ARMA KUYAY”

 

(Amor de niño)

     Noche de luna en la quebrada de Viseca.

Pobre palomita, por donde has venido, buscando la arena, por Dios, por los suelos.

     -¡Justina! ¡Ay, Justina!

     En un terso lago canta la gaviota, memorias me deja de gratos recuerdos.

     -¡Justinay,  te pareces a las torcazas de Sauciyok’!

     -¡Déjame, niño, anda donde tus señoritas!

     -¿Y el kutu? ¡Al Kutu le quieres, su cara de sapo te gusta!

     -¡Déjame, niño Ernesto! Feo, pero soy buen laceador de vaquellas y hago temblar a los novillos de cada zurriago. Por eso Justina me quiere.

     La cholita se rió, mirando al Kutu; sus ojos chispeantes como dos luceros.

     -¡Ay Justinacha!

     -¡Zonzo, niño zonzo! –habló Gregoria, la cocinera.

     Caledonia, Pedrucha, Manuela, Anitacha… soltaron la risa, gritaron a carcajadas.

     -¡Niño zonzo!

     Se agarraron de las manos y empezaron a bailar en ronda, con la musiquita de Julio el charanguero. Se volteaban a ratos, para mirarme, y reían. Yo me quedé fuera del círculo, avergonzado, vencido para siempre.

     Me fui hacia el molino viejo; el blanqueo de la pared parecía moverse, como las nubes que correteaban en las laderas de “Chawala”. Los eucaliptos de la  huerta sonaban  con ruido largo e intenso: sus sombras se tendían hasta el otro lado del río. Llegué al pie del molino, subí a la pared más alta y miré desde allí la cabeza del “Chawala”: el cerro, medio negro, recto, amenazaba caerse sobre los alfalfares de la hacienda. Daba miedo  por las noches; los indios nunca lo miraban a esas horas y en las noches  claras conversaban siempre dando la espalda al cerro.

     -¡Si te cayeras de pecho, tayta “Chawala”, nos moriríamos todos!

     Al medio del Witron  Justina empezó otro canto:

                    Flor de mayo, flor de mayo,

                    flor de mayo, primavera,

                    por qué no te libertaste

                    de esa tu falsa prisionera.

     Los cholos se habían parado en círculo y Justina cantaba al medio. En el patio inmenso, inmóviles sobre el empedrado, los indios se veían como estacas de tender cueros.

     -Ese puntito negro que está al medio de Justina, y yo la quiero, mi corazón tiembla cuando ella se ríe, llora cuando sus ojos miran al Kutu. ¿Por qué, pues, me muero por ese puntito negro?

     Los indios volvieron a zapatear en ronda. El charanguero daba vueltas alrededor del círculo, dando ánimo, gritando como porto enamorado. Una paca-paca empezó a silbar desde un sauce que cabeceaba a la orilla del río; la voz del pájaro maldecido daba miedo. El charanguero corrió hasta el cerco del patio y lanzó pedradas al sauce; todos los cholos le siguieron. Al poco rato el pájaro voló y fue a posarse sobre los duraznales de la huerta; los cholos iban a perseguirle, pero don Froylán apareció en la puerta del Witron.

     -¿Largo! ¡A dormir!

     Los cholos se fueron en tropa hacia la tranca del corral; el Kutu se quedó solo en el patio.

     -¡A ese le quiere!

     Los indios de don Froylán se perdieron en la puerta del caserío de la hacienda y don Froylán entró al patio tras de ellos.

     -¡Niño Ernesto! –llamó el Kutu.

     Me bajé al suelo de un salto y corrí hacia él.

     -Vamos, niño.

     Subimos al callejón por el lavadero de metal que iba desmoronándose en un ángulo del Witrón; sobre el lavadero había un tubo inmenso de fierro y varias ruedas, enmohecidas, que fueron de las minas  del padre de don Froylán.

     Kutu no habó nada hasta llegar a la casa de arriba.

     La hacienda era de don Froylán y de mi tío; y el resto de la gente fueron al escarbe de papas y dormían en la chacra, a dos leguas de la hacienda.

     Subimos las gradas, sin mirarnos siquiera, entramos al corredor, y tendimos allí nuestras camas para dormir alumbrados  por la luna. El Kutu se echó callado; estaba triste y molesto. Yo me senté al lado del cholo.

     -¡Kutu! ¿Te ha despachado Justina?

     -¡Don Froylán le ha abusado, niño Ernesto!

     -¡Mentira, Kutu, mentira!

     -¡Ayer no más le ha forzado; en la toma de agua, cuando fue a bañarse con los niños!

     -¡Mentira, Kutullay,  mentira!

     Me abracé al cuello del cholo. Sentí miedo; mi corazón parecía rajarse, me golpeaba. Empecé a llorar, como si hubiera estado solo, abandonado en esa quebrada oscura.

     -¡Déjate,  niño! Yo, pues, soy “endio”, no puedo con el patrón. Otra vez, cuando seas “abogau”, vas a fregar a don Froylán.

Me levantó como a un becerro tierno y me echó sobre mi catre.

-¡Duérmete, niño! Ahora le voy a hablar a Justina para que te quiera. Te vas a dormir otro día con ella ¿quieres, niño? ¿Acaso? Justina tiene corazón para ti, pero eres muchacho todavía; tienes miedo porque eres niño.

Me arrodillé sobre la cama, miré al “Chawala” que parecía terrible y fúnebre en el silencio de la noche.

-¡Kutu, cuando sea grande voy a matar a don Froylán!

-¡Eso sí, niño Ernesto! ¡Eso sí, mak’tasu!

La voz gruesa del cholo sonó en el corredor como maullido del león  que entraba hasta el caserío en busca de chanchos. Kutu se paró; estaba alegre, como si hubiera tumbado al puma ladrón.

-Mañana llega el patrón. Mejor esta noche vemos a Justina. El patrón seguro te hace dormir en su cuarto. Que se entre la luna para ir.

Su alegría me dio rabia.

-¿Y por qué no matas a don Froylán? Mátale con tu honda, Kutu desde el frente del río, como si fuera puma ladrón.

-¡Sus hijitos, niño!  ¡Son nueve! Pero cuando seas abogau ya estarán grandes.

-¡Mentira, Kutu, mentira! ¡Tienes miedo como mujer!

-No sabes nada niño. ¿Acaso no he visto? Tienes pena de los becerritos, pero a los hombres no los quieres.

-¡Don Froylán! ¡Es malo! ¡Los que tienen hacienda son malos hacen llorar a los indios como tú; se llevan las  vaquitas de los otros, o las matan de hambre en su corral! ¡Kutu, don Froylán es peor que toro bravo! ¡Mátale, no más, Kutucha, aunque sea con galga, en el barranco de Capitana.

-¡Endio no puedes niño! ¡Endio no puede!

¡Era cobarde! Tumbaba a los padrillos cerriles, hacía temblar a los potros, rajaba a látigos el lomo de los aradores, hondeaba desde lejos a las vaquillas de los potros cholos cuando encontraba a los potreros de mi tío, pero era cobarde. ¡Indio perdido!

Lo miré de cerca; su nariz aplastada, sus ojos casi oblicuos, sus labios delgados, ennegrecidos por la coca. ¡A este le quiere! Y ella era bonita, su cara rosada siempre estaba limpia, sus ojos negros quemaban, no era como las otras cholas, sus pestañas eran largas, su boca llamaba al amor y no me dejaba dormir. A los catorce años yo la quería; sus pechitos parecían limones grandes, y me desesperaban. Pero ella era de Kutu, desde tiempo; de este cholo con cara de sapo. Pensaba en eso y mi pena se parecía mucho a la muerte. ¿Y ahora? Don Froylán la había forzado.

-¡Mentira, Kutu! ¡Ella misma, seguro ella misma!

Un chorro de lágrimas saltó de mis ojos. Otra vez el corazón me sacudía, como si tuviera más fuerza que todo mi cuerpo.

-¡Kutu! Mejor la mataremos los dos a ella ¿quieres?

El indio se asustó. Me agarró la frente; estaba húmeda de sudor.

-¡Verdad! Así quieren los mistis.

-Llévame donde Justina, Kutu! Eres mujer, no sirves para ella. ¡Déjala!

-¡Cómo no,  niño, para ti voy a dejar, para ti solito. Mira en Weyrala se está apagando la luna.

Los cerros ennegrecieron rápidamente, las estrellitas saltaron de todas partes del cielo; el viento silbaba en la oscuridad, golpeándose sobre los duraznales y eucaliptos de la huerta; más abajo, en el fondo de la quebrada, el río grande cantaba con voz áspera.

Yo despreciaba al Kutu; sus ojos amarillos, chiquitos, cobardes, me hacían temblar de rabia.

     -¡Indio, muérete mejor. O lárgate a Nazca! ¡Allí te acabará la terciana, te enterrarán como a perro!

     Pero el novillero se agachaba no más, humilde, y se iba al Witron, a los alfalfares, a la huerta de los becerros, y se vengaba en el cuerpo de los animales de don Froylán, al principio yo lo acompañaba. En las noches entrábamos, ocultándonos, al corral; escogíamos los becerros más finos, los más delicados; Kutu se escupía las manos, empuñaba duro el zurriago, y rajaba el lomo a los torillitos. Uno, dos, tres…cien zurriagazos; las crías se retorcían en el suelo, se tumbaban de espaldas, lloraban, y el indio seguía encorvado, feroz. Y yo me sentaba en un rincón y gozaba. Yo gozaba.

     -¡De don Froylán es, no importa! ¡Es de mi enemigo!

     Hablaba en voz alta para engañarme, para tapar el dolor que encogía mis labios e inundaba mi corazón.

     Pero ya en la cama, a solas, una pena negra, invencible, se apoderaba de mi alma, y lloraba dos, tres horas. Hasta que una noche mi corazón se hizo grande, se hinchó. El llorar no bastaba; me vencían la desesperación y el arrepentimiento. Salté de la cama, descalzo, corrí hasta la puerta; despacito abrí el cerrojo y pasé al corredor. La luna ya había salido; su luz blanca bañaba la quebrada; los árboles rectos, silenciosos, estiraban sus brazos al cielo. De dos saltos bajé al corredor y atravesé corriendo el callejón empedrado, salté la pared del corral y llegué junto a los becerritos. Ahí estaba “Zarinacha”, la víctima de esa noche, echadita sobre la bosta seca con el hocico en el suelo ; parecía desmayada; me abracé a su cuello; la besé mil veces en su boca con olor a leche fresca, en sus ojos negros y grandes.

     -¡Ninacha, perdóname! ¡Perdóname, mamaya!

Junté mis manos y, de rodillas, me humillé ante ella.

-Ese perdido ha sido, hermanita, yo no. ¡Ese Kutu, canalla, indio perro!

La sal de las lágrimas siguió amargándome largo rato.

Zarinacha me miraba seria, con su mirada humilde, dulce.

-¡Yo te quiero, ninacha; yo te quiero! Y una ternura sin igual, pura, dulce, como la luz en esa quebrada madre, alumbró mi vida.

A la mañana siguiente encontré al indio en el alfalfar de Capitana. El cielo estaba limpio y alegre, los campos verdes llenos de frescura. El Kutu ya se iba, tempranito a buscar “daños” (9) en los potreros de mi tío, para ensañarme contra ellos.

-Kutu vete de aquí . En Visecas ya no sirves. Los comuneros se ríen porque eres maula.

Sus ojos opacos me miraron con cierto miedo.

-¡Asesino también eres, Kutu! ¡Un becerrito es como una criatura. ¡Ya en Viseca no sirves, indio!

-¿Yo no más, acaso? Tú también. Pero mírale al tayta Chawala: diez días más atrás me voy a ir.

Resentido, penoso como nunca, se largó a galope en el bayo de mi tío.

Dos semanas después, Kutu pidió licencia y se fue. Mi tía lloró por él, como si hubiera perdido un hijo. Kutu tenía sangre de mujer; le temblaba a don Froylán, casi a todos los hombres les temía. Le quitaron su mujer y se fue a ocultar después en los pueblos del interior, mezclándose con las comunidades de Sondando; Chacrilla … ¡Eres cobarde!

Yo sólo me quedé junto a don Froylán , pero cerca de Justina, de mi Justinacha ingrata. Yo no fui desgraciado. A la orilla de ese río espumoso, oyendo el canto de las torcazas  y de las tuyas , yo vivía sin esperanzas; pero ella estaba bajo el mismo cielo que yo, en esa misma quebrada que fue mi nido; contemplando sus ojos negros oyendo su risa, mirándola desde lejitos, era casi feliz, porque mi amor por Justina fue un “Warma kuyay” y yo creía tener derecho todavía sobre ella; sabía que tendría que ser de otro, de un hombre grande, que manejara ya zurriago, que echara ajos roncos y peleara a látigos en los carnavales.

Y como amaba a los animales, las fiestas indias, las cosechas, las siembras con  música y jarawi, vivía alegre en esa quebrada verde y llena de calor amoroso del sol. Hasta que un día me arrancaron de mi querencia para traerme a este bullicio, donde gentes que no quiero, que no comprendo.

El Kutu en un extremo y yo en otro. Él quizá habrá olvidado: está en su elemento, en un pueblecito tranquilo, aunque maula, será el mejor amansador de potrancas, y le respetarán los comuneros. Mientras yo, aquí vivo amargado y pálido, como un animal de los llanos fríos, llevado a la orilla del mar, sobre los arenales candentes y extraños.

                                                            (José María Arguedas)

  

 

 

FICHA DE LECTURA

I.- ANÁLISIS  LITERARIO

a.-Obra: Warma  Kuyay             b.-Autor:      José María Arguedas

c.-Género literario:   Narrativo     d.-Especie literaria:         Cuento

e,.Forma  de composición:          Prosa_____

f.- Escuela literaria:     Indigenismo      g.- Época:     Contemporánea

h.- Localización del texto literario: Se encuentra en la obra “Agua”

i.- La estructura de la obra:         Carece de capítulos

j.- Los personajes principales:       El niño Ernesto,  Justina y el Kutu

l.- Los personajes secundarios:  Don Froylán, el charanguero Julio, la Celedonia, la Pedrucha, los becerritos y la Zariacha, entre otros.

ll.- Ambiente:     La hacienda Viseca

m.- Acciones  principales:    El amor de Ernesto por Justina;  la violación de Justina por el hacendado Froylán; la venganza reprimida de  Kutu contra Froylán y al no poder ejecutarlo, lo hace contra los becerritos ;  Kutu se aleja cobardemente de la hacienda; el alejamiento del niño Ernesto de la hacienda y de adulto recuerda su warma kuyay con mucha tristeza.

n.- Tiempo:     Pasado  

ll.- Tipos de narrador:  Primera persona (Me fui hacia el molino viejo…); y Tercera persona (omnisciente) (Los indios volvieron a zapatear en ronda…)

m.-Tema central:     El amor del niño Ernesto por Justina

n.- Argumento:  El cuento narra la historia de amor del niño Ernesto por Justina.  El amor que siente el niño por Justina es bello y puro. Ernesto siente celos porque el Kutu es preferido por Justina. Un día el Kutu le confiesa al niño que el patrón Froylán había violadp a su amor imposible y Ernesto se pone furioso por ese hecho. El niño le dice al Kutu que se vengue para limpiar su honor; pero este se acobarda. La historia termina cuando el niño se aleja de la hacienda y de adulto recuerda su warma kuyay con profunda melancolía.

 

II.- COMPRENSIÓN LECTORA

1.-¿Por qué el cuento se titula “Warma Kuyay”?

2.- Al comienzo del cuento, ¿qué le confiesa el niño  Ernesto a la muchacha Justina?

3.- ¿Qué responde la Justina al niño Ernesto?

4.- ¿Cuál es la labor que desarrolla el Kutu en la hacienda de Viseca?

5.- ¿Qué pensaba Justina del amor del niño Ernesto?

6.- ¿Qué daño le hizo el hacendado Froylán  a la bella Justina?

7.- ¿Por qué Ernesto quiere matar al abusivo Froylan?

8.- ¿Qué concepto tiene el niño Ernesto de los dueños  de hacienda?

9.- ¿Por qué el Kutu no puede vengarse del hacendado Froylán?

10.- ¿Por qué el Kutu azota salvajemente a los becerritos de la hacienda?

11.- ¿Cómo termina el cuento?

VOCABULARIO:

Abusar: violentar sexualmente

barranco: abismo, precipicio

bayo: caballo blanco amarillento

bosta: excremento del ganado

bullicio: ruido fuerte

charanguero: el que toca el charango

chispear: brillar

despachar:  arrojar

 daño: se dice cuando un animal entra  a una chacra ajena

en tropa:  en grupo

estaca: palo con puntada  clavado en la tierra

forzar:  tener sexo a la fuerza

fúnebre: macabro

galga: piedra grande

jarawi:  poema- canción quechua

laceador: el que atrapa  a los animales con un lazo

lucero:  astro luminoso

mak tasu:  joven fuerte

maula: cobarde

misti: señor blanco poderoso

paca-paca:  pájaro de la sierra

quebrada: abismo

querencia: lugar amado

terciana: fiebre

torcaza:  paloma

torillito: becerrito

tuya: árbol de hoja verdes

warma kuyay: amor de niño

witron:  patio grande

zurriago: látigo o azote

zurriagazo: latigazo

  

MARCO AURELIO

  MARCO AURELIO Una de las máximas figuras del estoicismo fue el mismísimo emperador Marco Aurelio, autor de Meditaciones, un breve tratad...